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Pequeños detalles logran grandes experiencias

Un hombre en actitud pensativa sentado frente a un ordenador. A un lado tiene un cuaderno y un lápiz, una taza de café y un pastel de manzana.
Imagen libre de derechos tomada de pxfuel

Dedicatoria

A todos los que añadís vuestro granito de arena para cambiar realidades y mejorar la experiencia eliminando barreras… Gracias totales, sois los mejores.


«La inclusión puede ser una criatura mitológica, fantástica o convertirse en realidad;
Todo depende de que cambies tu forma de pensar». Lehna Valduciel


Ni me conoces ni te conozco. Da igual. La experiencia que quiero compartir contigo es mera solidaridad entre colegas. Perdona, todavía no me presento. Mi nombre es Gonzalo; soy un lector empedernido que alguna vez soñó con tener un espacio literario donde compartir mi experiencia subliminal con las historias que me han llegado al corazón.

Lo logré, en efecto, tengo un blog literario; un rincón personal donde escribo reseñas, hago entrevistas, invito a retos literarios y escribo de vez en cuando, si la inspiración me llega de visita.

Ahora que ya me he presentado deja que te cuente lo que me pasó la última semana. Te pido por favor que leas hasta el final antes de emitir un juicio sobre mí; sé que te pareceré un chalado, pero te juro que todo lo que aquí voy a contarte es cierto, palabrita del niño Jesús que nada de lo que leas es una exageración.

Lo primero que tengo que reconocer es que yo era de esas personas muy incrédulas; de necesitar ver para creer, mejor dicho, experimentar en carne propia para entender que el mundo no se ciñe sólo a lo que conozco; que hay otro tipo de realidades que pueden resultarme muy ajenas y que, pese a ello, no dejan de existir. Ahora lo sé; antes ni me lo hubiese planteado.

El caso está en que un buen día me tropecé a Fernando, un colega del curro; iba acompañado por una mujer bajita y regordeta, con pelo y cara de muñeca, con la piel blanquísima y unas gafas muy curiosas porque no eran oscuras, pero tampoco podía verse bien tras el cristal, pues el tono gris en degradé apenas dejaba vislumbrar la forma de los ojos. Me resultó una tía medio excéntrica, a decir verdad; no obstante, no dije nada por delicadeza. Bastante avergonzado me sentía ya pues choqué con ella sin darme cuenta y claro, sumido en la lectura del libro que llevaba entre las manos, no me di cuenta de lo que ella sostenía en las suyas.

—Joder —solté exasperado—. ¿Acaso no ves por dónde caminas? —alcé la mirada y me topé con los ojos de Fernando que me veía con cara de pocos amigos.

—La verdad es que no —respondió la mujer agachada tanteando en el suelo.

Me quedé perplejo sin palabras. La cara se me puso roja como un tomate maduro y comencé a balbucir como si fuese tartamudo. Fernando se agachó y cogió el bastón blanco; la mujer se levantó y mi colega se lo dejó en las manos.

—Lo siento —me disculpé con voz queda.

—No pasa nada, hombre —comentó ella como si eso fuese su pan de cada día.

—Te presento a Liah, Gonzalo —dijo Fernando mientras me veía con los ojos como ascuas y el mensaje velado de si la vuelves a cagar te mato.

—Mucho gusto —le dije y le extendí la mano.

—Tú eres el compañero de Fernando que lleva el blog literario, ¿verdad?
Me quedé mudo de la impresión ¿cómo sabría aquella mujer sobre mi blog? En el momento no respondí. Fernando se ocupó de disiparme las dudas.

—Sí, él es el que hizo la reseña de tu novela. —ella sonrió de oreja a oreja mientras mi cara se volvía un poema.

¿Novela? ¿Qué novela? Mi colega me hizo señas y cuando bajé la mirada, caí en cuenta. Estaba releyendo aquel libro que me había llamado tanto la atención. Vi a la mujer y no pude ni abrir la boca. La escritora del libro que tenía entre las manos era ciega.

—Me gustó mucho tu reseña y te agradezco mucho la oportunidad que le diste a mi pequeñín. Me habría gustado que describieses la imagen en la entrada de tu blog. Supongo que debe ser la portada del libro, ¿no?
—¿Describir?
—Sí, ponerle un texto alternativo… descriptivo —se corrigió la mujer—, así si hay personas ciegas que lean la entrada se pueden enterar de qué sale en la imagen.

Me la quedé mirando como si me estuviese hablando en japonés, mandarín o sánscrito. ¿Otros ciegos leyendo mi blog? Aquello sería una tomadura de pelo, supuse y la miré ceñudo, aunque ella no se diese cuenta de mi expresión. Como mi lengua tiene esa conexión directa con mi cerebro, hablé sin pensar.

—Estás de broma, ¿no?
Ella inspiró hondo. Pocas veces he visto a alguien tan expresivo. Ladeó la cabeza y su cara hablaba por sí sola. Era como si me dijese: ven acá, peque, que te explico… Me sentí como un niño pequeño al que van a develarle un gran secreto que ha tenido siempre en las narices y quien sabe por qué nunca lo había visto.

El rostro de Fernando, en cambio, era el vivo ejemplo de lo que una mirada asesina es capaz de transmitir en poquísimos segundos. Por suerte la de él no tenía efectos sobrenaturales o yo habría terminado varios metros bajo tierra.

—Verás, Gonzalo… —Su tono amable de maestra de cole acentuó mi incomodidad.

—Ahora mismo no tenemos tiempo, Liah —interrumpió Fernando—. Ya le explicaré yo a Gonzalo cómo hacer lo de las imágenes.

—Vale —le respondió y me tendió la mano—. fue un gusto conocerte, Gonzalo.

En cuanto mi mano hizo contacto con la suya sentí un corrientazo que me recorrió todo el cuerpo y me puso la piel de gallina.

Aparté la mano con rapidez y me la quedé mirando. Ella me sonrió y por un instante me pregunté si aquel brillo que me pareció ver tras esas gafas había sido real o sólo producto de mi imaginación.

—Igualmente —le respondí algo cortado.

De pronto me descubrí deseando echar el tiempo atrás o quizá tener un poder mágico que me permitiese cambiar las cosas; quizá así dejaría de pasar tantos bochornos.

—Ten cuidado con lo que deseas. —Creí escuchar de sus labios—. Mezclar la realidad con la fantasía lleva lo suyo y quizá no estés preparado para la experiencia.

Parpadeé varias veces y me fijé en sus labios delgados. No se habían movido o quizá sí. Fernando se despidió apenas con una seña. Los vi alejarse y desanduve mis pasos mientras lo de la fulana descripción seguía dándome vueltas en la cabeza.

*****
No voy a contarte la cantidad de sueños que tuve aquella noche porque de seguro me dirás que mejor consulte a algún profesional o que me tome unos días en alguna de esas residencias de descanso. Lo que sí voy a contarte es lo que me pasó en lo que pude encender el ordenador.

—Cacharro antojadizo —mascullé mientras avanzaba la dichosa actualización del sistema—. Menudo momento para decidir actualizarte por enésima vez.

El sonido de la carga del sistema tenía un retintín distinto o eso me pareció. Hice caso omiso; desde el día anterior había quedado algo despistado. Lo que si no pude omitir fue la cara de un fulano que me miraba con gesto ceñudo en lugar de el fondo de escritorio que solía tener por defecto.

—¿Qué coño? —exclamé.

El individuo apretó los labios y negó con la cabeza en un evidente gesto reprobatorio.

—Es mejor que evites las palabrotas, muchacho —dijo y se cruzó de brazos—; irritan mis redes neuronales y luego empiezan los pantallazos.

Me froté los ojos y comencé a toquetear la pantalla del portátil. El sujeto se echó a reír como si le estuviese haciendo cosquillas.

—Deja quieto —me dijo y la figura se distanció hasta hacerse del tamaño de un ícono del escritorio antiguo.

—Debo estar soñando todavía y no me he dado cuenta —murmuré mientras la figura se acercaba y emitía un sonoro chasquido.

—Mira, no te hagas el difícil, ¿vale? Pediste un deseo y se te ha concedido.

—¿Deseo? Joer, yo no recuerdo haber pedido ningún deseo.

—Esa lengua —me advirtió—. claro que sí, pediste el poder de cambiar las cosas. No me digas que te afecta el tío alemán, ¿no? Porque eso sería lo último que nos faltaría. Enseñarte para que luego se te olvide todo.

—¡Que no he pedido yo ningún deseo, macho! ¿Cómo te lo tengo que explicar?
—Que sí lo pediste —me insistió—. El asunto es que no se te ha concedido para tus fines egoístas, sino para que transformes desde tu parcela literaria.

Un fogonazo me hizo recordar el día anterior. Me froté la cara varias veces y me mesé el pelo con tanta fuerza que casi me arranco un mechón.

—He perdido la chaveta del todo.

El sujeto bufó y la pantalla del ordenador parpadeó en respuesta.

—No seas tonto, claro que no has perdido nada, a menos que te refieras al tiempo que estamos perdiendo en lugar de iniciar tu formación.

A pesar de sentirme dentro de una dimensión paralela y surrealista, decidí seguirle la corriente a ver hasta dónde pensaba llegar aquella alucinación; porque tenía que ser una alucinación por cojones.

—Supongamos que te creo —le dije poco convencido—. ¿En qué vas a formarme?
El individuo sonrió de oreja a oreja.

—Presta atención porque voy a revelarte cómo cambiar realidades… eso sí, debes cambiar primero tú.

Lo de tener que cambiar no me hizo demasiada gracia, así que me crucé de brazos. Y lo cierto es que me enfurruñé como un crío pequeño. Me fastidiaba tener que alterar cualquier cosa que me hiciese sentir cómodo.

—¿Y si no acepto? No sé quién seas, pero no puedes obligarme.

El sujeto se acercó tanto a la pantalla que sólo podía verle los ojos.

—No puedo obligarte, es verdad, pero puedo darte la tabarra. Soy buenísimo tocándole las narices a los demás. Por cierto, mi nombre es Filadelfio.

—Ni creas que me intimidas con eso, ¿eh? —El fulano se encogió de hombros.

De pronto la pantalla se puso negra y el ordenador hizo un ruido que me puso los pelos de punta. Con el temor reptándome bajo la piel ante la posibilidad de quedarme sin portátil cedí sin pensarlo dos veces.

—Venga, no tienes por qué tomarla contra el ordenador, si él no te ha hecho nada. Además, si te lo cargas menos me vas a poder formar.

En la pantalla apareció un texto en letras blancas y no era la marca del portátil:
«¿Desea iniciar el proceso de formación? Pulse aceptar o cancelar para continuar».

Miré la pantalla, ceñudo. Resoplé y pulsé en aceptar.

La imagen del sujeto volvió. Se veía de lo más satisfecho y eso me tocó la moral, la verdad.

—Me encanta que comencemos a entendernos. ¿Ves lo fácil que resulta?
Evité responderle, entre otras cosas, porque cuando me cabreo suelto un montón de improperios y el fulano ya me había advertido que las palabrotas lo irritan. Además, si podía controlar mi ordenador de aquella manera, no es que tuviese muchas alternativas.

—¿Y ahora qué? —Me le quedé mirando con los labios fruncidos.

—Abre tu navegador, vas a ver que experiencia más chachi. —Obedecí; al mal paso darle prisa—. Venga, ahora ve a tu blog y me cuentas qué ves.

Aquella invitación me puso los pelos de punta; sin embargo, no hice ningún comentario y fui disparado a ver el blog.

Casi me desmayo y caigo largo a largo en el suelo. Las imágenes no estaban, el texto aparecía desordenado como si las letras no estuviesen en su lugar. Había zonas ilegibles; otras a las que no podía ni llegar porque de pronto la flecha del panel táctil, el ratón, para que nos entendamos se había congelado y no quería funcionar.

Me puse blanco como un papel; luego la cara se me encendió de la rabia y comencé a respirar como si fuese una locomotora. Di un manotazo contra el escritorio y solté mil palabrotas.

—¿Qué… diablos… es esto? —pregunté entre dientes.

Filadelfio apareció con el hombro apoyado contra un lateral de la pantalla mientras se miraba las uñas de la mano izquierda.

—Eso es lo que yo llamo EBED; es decir, experimentar barreras en directo.

—¿Barreras? ¿De qué coño me estás hablando, tío? ¿Quién tiene barreras en internet? No digas gilipolleces, por favor.

El fulano suspiró y ladeó la cabeza. El gesto me recordó a la escritora ciega del día anterior.

—Muchas personas como tú no saben que internet, además de la autopista de la información, puede ser un puente roto que te deje aislado.

Lo miré con renovado interés. Ver mi blog convertido en un desastre me había puesto de los nervios; aun así, lo que el sujeto decía me puso a pensar y cuando pienso es difícil que pueda permanecer cabreado durante mucho tiempo.

—¿A qué te refieres? —El individuo comenzó a moverse de un lado a otro.

—Hay personas con discapacidades, personas mayores, inmigrantes, gente del otro lado del charco con velocidades de internet que harían que te trepases por las paredes.

—Vale. Pero ¿qué puedo hacer al respecto? —El tipo se detuvo y me lanzó una mirada tan penetrante que me quedé petrificado.

Me dio escalofríos porque parecía un maniático. No obstante, evité abrir mi boca no fuese a arremeter de nuevo contra mi ordenador.

—Podría decirte que conquistar el mundo —dijo y se le escapó una risita—. Tranquilo —agregó y su expresión se tornó seria—. Puedes hacer cambios que ayuden a muchas personas y yo te voy a explicar cómo.

No supe si me hablaba en serio; aun así, mientras siguiese atrapado en la alucinación no tenía nada más que hacer.

—Venga —le repliqué y me puse de pie—, pero primero necesito recargar mi dosis diaria de cafeína.

El sujeto hizo un ademán para despacharme con rapidez. Di un paso en dirección a la cocina y me detuve. Me pudo la curiosidad y lo vi por el rabillo del ojo. Tenía el pelo largo, con rizos desordenados que se le ponían de punta sobre la frente. Unas cejas gruesas y algo angulosas le enmarcaban aquellos ojos rasgados, de ese tono aguamarina que se ve en tantos ordenadores. Tenía una nariz achatada y descomunal, las orejas puntiagudas y una barba firme y alargada que le cubría la perilla. Avancé con rapidez antes de que me descubriese escudriñándolo y no pude evitar pensar que se parecía a un sátiro. Me preparé mi habitual jarra de café y tras volver de la cocina, me senté a esperar las instrucciones.

*****
—Lo primero que vamos a hacer —me dijo luego de sonarse los nudillos—, es cambiar la plantilla de tu blog.

Lo miré ceñudo, ya que me había llevado días encontrar una que me gustase del todo.

—No me mires así —me dijo—. Necesitamos que tu plantilla se vea bien en diferentes pantallas. Esa que tienes no se adapta.

Lo vi sin entender una papa de lo que me decía. El tipo chasqueó los dedos. Solté un grito al ver cómo la pantalla se reducía y se agrandaba sola y el navegador mostraba un batiburrillo ininteligible que hizo que sintiese un vacío en el estómago de pensar en todo el tiempo que había perdido al configurar mi blog.

—No seas quejica, hombre —dijo Filadelfio mientras me secaba el sudor de la frente con el antebrazo—. Es muy fácil. Vete ahí a la sección de apariencia, entra en los temas y escribe en la caja de texto ‘accesibilidad’
—¿Qué es eso de ‘accesibilidad’? —pregunté mientras seguía las instrucciones y me fijaba en los resultados.

—Definiciones de accesibilidad hay muchas —me dijo—. Lo importante es saber para qué sirve. —Me le quedé viendo con una ceja levantada—. Además de ser una característica de calidad, la accesibilidad es como una puerta abierta que permite que la mayor cantidad de personas accedan a tu blog y sus contenidos sin barreras. —Le di un trago a mi taza de café.

La explicación del sujeto me había puesto a pensar. El asunto de las dichosas barreras seguía haciéndome ruido. Sin embargo, me callé y me dediqué a escoger de entre las opciones un tema que fuese de mi agrado. Para mi sorpresa encontré uno muy chulo y lo activé.

—No fue tan difícil, ¿no? —me dijo.

Negué con la cabeza, aunque seguir viendo el blog sin imágenes me tenía con el corazón en la boca.

—Quita esa cara de estreñimiento, macho —me espetó— y prepárate, ahora viene la mejor parte.

El fulano parecía demasiado contento. Se frotaba las manos y movía las orejas como si estuviese experimentando algún tipo de orgasmo. Ante semejante manifestación guardé silencio y me dediqué a esperar mientras me bebía la segunda taza de café. Desde luego, las ganas de esperar no me duraron demasiado.

—Eh, amigo —dije para llamar su atención—. ¿será que seguimos con la inducción?
—A ti no hay quien te entienda, ¿no? Primero que no te podía obligar, ahora parece que tienes un cohete en el culete. —Filadelfio soltó una risita chillona—. Me salió en verso sin mucho esfuerzo. —Puse los ojos en blanco y resoplé.

—Déjate de cacofonías y dime qué sigue —le exigí —. No quiero pensar lo que pasará si el blog sigue así hecho todo un desastre por tu culpa.

El individuo puso los ojos como dos rendijillas y se cruzó de brazos. En ese instante supe que me iba a poner al trote y todo por culpa de mi puta impaciencia.

—Tres cosas muy importantes —me dijo con tres de sus rechonchos dedos—. La primera, añade el widget de traducción; la segunda, usa el widget para añadir HTML mejor que el de añadir texto; la tercera, evita las imágenes de fondo y escoge un color sólido que haga mucho, pero mucho contraste con el color de las letras y…
—Dijiste que eran tres cosas.

—Dije tres cosas muy importantes, no dije que fuesen las únicas —farfullé en voz queda y me dispuse a aplicar lo que me decía el fulano—. Deja de quejarte —me dijo—, aunque creas que no me entero, lo entiendo todo a pesar de que farfulles.

Me puse rojo como un tomate y pese a mis ganas de soltarle una de las mías, me contuve. La verdad es que los cambios tampoco eran nada del otro mundo y el blog comenzaba a tomar forma. Eso hizo que me lo tomase con más calma. A fin de cuentas, aquella alucinación estaba siendo de lo más productiva.

Alcé ambas palmas en son de paz.

—Vale, vale —le dije—. Lamento ser tan impaciente, tío. ¿Podemos continuar?
Filadelfio me miró con los ojillos entornados durante un rato que se me hizo eterno.

—Bueno… pero como vuelvas a sacarme de mis casillas verás tú —me advirtió.

—No tienes mucha paciencia, ¿no?
Al fulano se le encendieron las mejillas y quise maldecir mi lengua. Antes de que fulminase el ordenador o cualquier otra cosa quise disculparme; sin embargo, el sujeto movió las manos para zanjar el tema.

—Quita, quita… tienes razón, así que te ofrezco disculpas. Es la edad que, quieras que no, me pasa factura de vez en cuando.

—Disculpas aceptadas —le dije y por fin se sonrió.

Me fijé en sus dientecillos afilados y me dieron escalofríos. Como aquel tipo dejase el ordenador, se enfadase de verdad y le diese por darme un bocado, me iba a enterar. Lo mejor era mantenerlo contento, por si acaso.

—Está bien. ¿qué era lo que ibas a decirme antes?
—Ah, sí. Mira, chaval. Como hay personas que no ven los colores —Mi cara se fue poniendo pálida al imaginarme algo así— es mejor que no dejes todo en manos del color ni siquiera de las negritas o las cursivas, ¿sabes? Hay que darle sentido y ponerlo fácil, así que es bueno usar el HTML.

—esas son las palabras que van encerradas entre menor que y mayor que, ¿no? —Al tipo se le iluminaron los ojos otra vez y asintió con la cabeza.

Fruncí el ceño. Había visto algo de eso en algún sitio, pero ahora para acordarme. Además, qué coñazo andar escribiendo tanto. Como si el fulano me hubiese leído la mente me dijo:
—Abre tu mente, muchacho. Voy a revelarte un secreto que va a ponerte las cosas muy fáciles. Tú préstame atención.

«como si pudiera hacer otra cosa», pensé y me crucé de brazos.

—A ver…
—Para indicar que el texto es un título o subtítulo puedes usar el mismo símbolo de las etiquetas de la red esa donde todos van y sueltan lo que se le pasa por la cabeza sin pensar demasiado.

—¿Twitter?
—¡Eso! —me sobresalté por el chillido—. Coño, qué listo eres. Pues tú suma el símbolo y a más símbolos pongas, aumenta el nivel del encabezado. Si usas uno sólo será de primer nivel, si usas dos será de segundo nivel y así, sucesivamente.

Que aquello fuese tan fácil no me convencía del todo, así que fui a probarlo por mí mismo.

—Serás incrédulo —me espetó.

Me sonrojé un poco; por fortuna el individuo de mi alucinación no me lo tuvo en cuenta.

—¿Hay más trucos de esos? —pregunté porque mi curiosidad iba en aumento.

—Claro, chaval —confirmó—. Puedes usar un asterisco para iniciar una lista sin orden y un número si la quieres ordenada; y si quieres indicar que el texto es una cita textual puedes colocar un símbolo de mayor qué al inicio.

Probé en el modo visual de mi blog todo lo que el tipo me decía y la verdad es que todo funcionaba al dedillo.

—No me lo tomes a mal —le dije con cierto temor—, pero ¿todo esto para qué sirve? —vi cómo torcía el gesto y corrí a explicarme mejor—. Me refiero a ¿a quién ayuda esto?
—¿Te acuerdas de la escritora de ayer? —Asentí con la cabeza—. Pues a personas como ella que utilizan lectores de pantalla; a personas que usan navegadores de texto; a personas que necesitan cierta estructura con jerarquía para comprender los contenidos, hasta a las personas mayores les sirve. No creerías que iba a enseñarte cosas inútiles, ¿no?
Mis cejas se alzaron en respuesta a la sorpresa. ¿qué me habría imaginado yo que tantas personas podrían verse beneficiadas con esos cambios?
—Ella me dijo algo de describir las imágenes… ¿tú sabes de qué va eso?
—Te ha picado la curiosidad, ¿eh? —El tipo sonrió con picardía.

Me quedé callado, entre otras cosas porque siempre me ha costado manejar eso de quedar al descubierto. Lo cierto es que sí, ella había logrado sembrarme la espinita y este fulano me la había clavado entera. El orgullo no me permitía admitir nada, aunque creo que a él no le hacía falta ninguna confirmación. Lo había dado por sentado y la peor parte es que había dado en el clavo.

—Bueno, ¿sabes? O no sabes. —la impaciencia me pudo para no variar.

—Joder, macho, menos mal que tú no tienes a tu cargo el tiempo o nos tendrías a todos camino a un futuro incierto. —Torcí la boca en un gesto indefinido que reflejaba mi opinión sobre aquella perspectiva—. Mira, eso es muy fácil, aunque ya te digo, no sólo deberías ofrecer una alternativa a las imágenes, deberías hacerlo también al audio y los videos. De todas formas, antes de meternos con las imágenes, algunas cosas que has de tener en cuenta para el texto.

—No tengo videos ni audios por el momento —dije y me crucé de brazos—. ¿qué es lo que pasa con los textos?
—Vale, sólo te lo dije a modo informativo, coño, no te cabrees que íbamos muy bien. el asunto de los textos…
—Ujum. —Lo miré con cara de pocos amigos.

—Deberías poner un buen tamaño a la letra y si vas a añadir algún enlace, por lo que más quieras, no uses ‘pincha aquí’, ‘más’, y cosas que son tan ambiguas.

—¿Qué con eso? Todo el mundo pone enlaces así. —Filadelfio me echó una mirada asesina.

—O sea que si mañana te dicen lánzate por la ventana, tú te lanzas, ¿no?
—Claro que no, ¿por quién me tomas? No soy ningún idiota, macho.

—Pues eso. Que todo el mundo ponga enlaces así no significa que tú tengas que hacer lo mismo, chaval. —Pensé que tenía algo de razón en su argumento así que me quedé callado—. Mira, tú imagínate que la única forma que tienes de ir de una página a otra es una lista donde te aparece varias veces el mismo texto… ‘leer más’, por ejemplo. No ves nada del texto de la web, sólo eso.

—Que putada —murmuré mientras me imaginaba la situación.

—Lo vas pillando y menos mal, ya me había comenzado a preocupar.

—Coño, no sabía nada de esto, tío. supongo que otra gente tampoco sabe.

—Es lo más probable —admitió mientras se sobaba la barba—. Al menos tú comienzas a formar parte de quienes pueden impulsar el cambio.

No estaba tan seguro de eso, pero no iba a decírselo por obvias razones.

—¿Y qué con lo de las imágenes? —Se quedó en mute por una fracción de segundos. Los ojillos se le movían de un lado a otro como si tuviese un tic nervioso.

—Perdona, se me había olvidado —me dijo y se sentó sobre uno de los íconos—. Verás… En esta plataforma donde tienes tu blog es muy fácil. cuando insertes la imagen te van a aparecer varias cajas de texto. Hay una en particular que suele estar identificada con dos palabras: texto alternativo o alt text. —Mientras el tipo hablaba yo me había puesto a cacharrear en el blog y vi que sí, en efecto, las cajas de texto existían—. Bueno, pues en esa que te digo colocas el texto que describa la imagen.

Me mordí el labio inferior al pensar en todas las imágenes que tenía que describir y el corazón casi se me sale del pecho.

—¿Hay que describirlas todas?
—Si crees que aportan al contenido, sí. Si solo son dibujitos decorativos, no, eso ya es cosa tuya. Quita esa cara de susto, joder, que parece que hubieses visto un fantasma o te hubiese dicho que te vas a morir mañana.

Aquella respuesta me había dado algo de alivio. Sin embargo, me surgió la pregunta de todos los tiempos.

—¿Cómo coño hago eso? —Mis ojos se quedaron fijos en la pequeña cajita.

Filadelfio se me quedó mirando y a mí los cojones se me subieron a la garganta. Estaba seguro de que ahora sí iba a cabrearse a lo grande.

—Chico, muy fácil. tú piensa que estás al teléfono y le estás contando lo que hay en la foto a esa persona con la que hablas. No tiene más.

Enarqué una ceja. Que todo fuese tan fácil me había sembrado una inquietud. ¿Por qué estas cosas no se sabían? Para no variar, el sujeto me dio el susto de mi vida al gritar de aquella manera por los altavoces del portátil.

—¡Porque la sociedad es gilipollas perdía, por eso y lo que tiene que enseñar se lo pasa por el coño alante! —Comenzó a deambular de un lado a otro de la pantalla—. Si es que… nadie allí arriba quiere darme un poder porque ya te digo, si yo tuviese un poder… los ponía a asarse a fuego lento.

Me quedé perplejo ante aquella salida de tono. El individuo se había cabreado tanto que hasta los pelos de la barba se le pusieron de punta. Con aquella guisa ni se me ocurrió preguntarle a quienes se refería.

—¡Coño! ¿me estás leyendo la mente? o qué. —Me maldije por mi estupidez.

Lo que me faltaba en aquel momento es que al fulano le diese por querer churruscarme a mí también.

—Algo así. —me puse blanco como un papel y el tipo se echó a reír—. Es broma, chaval. Lo que ocurre es que todo el que pasa por mis manos se termina haciendo la misma pregunta y pone la misma cara que tú. Es un clásico.

—Ya veo ya.

En cierta forma, luego de meditarlo pensé que el fulano tenía razón en cabrearse así. Con cosas tan sencillas de aplicar no se justificaba que no se hiciese más difusión y que esas cosas no se enseñasen. Qué sé yo, que hubiese un apartado en la sección de ayuda de todas las plataformas que alojan blogs o páginas web no vendría nada mal. Me quedé absorto en mis cavilaciones. El visitante inesperado de mi ordenador comenzó a carraspear como poseso. Me fijé que se atusaba el pelo y la barba y me pregunté con qué me iba a salir ahora.

—Es hora de irme —me soltó y tuve que parpadear por la impresión.

—¿Te vas ya? ¿Esto era todo?
El tipo me vio con una ceja levantada.

—Claro, ¿qué esperabas? Este es el curso para principiantes.

—Bueno… no sé, es que pensé que todo iba a ser más largo, pesado y complicado.

Filadelfio puso los ojos en blanco.

—No hijo, no. Como te mantuviese aquí durante otra página más, se te funden las neuronas o te peta la patata, una de dos; con esa ansiedad tuya no llegábamos muy lejos.

—Qué considerado, tú —le dije y me incliné contra el respaldo de la silla.

—¡Ja!
La risotada me dio un susto tan grande que me fui hacia atrás con todo y silla. Me golpeé la cabeza con tanta fuerza que en los ojos se me formaron chiribitas y habría jurado que a mi alrededor revoloteaban seres diminutos idénticos al que se había apropiado de mi ordenador.

No puedo precisarte cuánto tiempo estuve despatarrado en el suelo. Lo que sí puedo decirte es que desde ese día nada ha sido igual. No me he vuelto a topar con el intruso aquel y, aunque por mucho tiempo creí que había sido producto de mi imaginación, la verdad es que los cambios en el blog siguen ahí y desde entonces tengo más visitas y comentarios, San Google trata mi sitio con más cariño y he conocido a muchas personas increíbles desde que cuido más mis contenidos y la forma en que se los ofrezco a los demás. Algunos dicen que ahora soy inclusivo. Yo prefiero dejar de lado la etiqueta y pensar que ahora ofrezco contenidos con calidad que muchas personas pueden disfrutar sin importar cuál es su condición, cómo interactúan con la tecnología, la edad que tengan, la cultura a la que pertenezcan o el idioma que hablen. Y lo mejor de todo ¿sabes qué es? Que tú puedes hacer lo mismo también y sin que te visite el ser fantástico que de vez en cuando se cuela en los ordenadores para dejarte el legado de cambiar realidades y mejorar la experiencia de muchos mediante pequeños detalles.

No me malentiendas, el sujeto puede llegar a ser simpático luego de que lo piensas con cabeza fría. Eso sí, el susto de muerte que te puedes evitar si tienes en cuenta mi experiencia no es moco de pavo.

Dicho lo dicho, si acaso te encuentras con Filadelfio, ven a mi blog y déjame tu comentario.


Notas de la autora

Essta historia surgió con la idea de difundir estrategias sencillas de aplicar por quienes tengan blogs y deseen ofrecer contenidos accesibles. No hay detalles en extremo técnicos ni se han incluido aspectos avanzados. La idea es que cualquiera pueda aplicar las recomendaciones, aunque no posea demasiados conocimientos sobre herramientas tecnológicas.

Si te ha gustado esta historia o si crees que puede resultarle útil a alguien, difúndela y pon tu granito de arena en que más personas podamos disfrutar de contenidos en internet con calidad y sin barreras. Y si quieres realizar tu propio aporte para mejorarla, deja tu comentario; prometo tenerlo en cuenta y buscar la forma de agregarlo.

Gracias a todos por estar allí. Os abrazo muy grande y fuerte.

Por Lehna Valduciel

Amante de los libros, aprendiz de la vida. La escritura es mi motivación, el buen café mi pequeña debilidad. Escribo historias y cuento sentimientos. Vivo la vida a vuelaplumas y adoro los detalles que despiertan mi curiosidad.
Autora de #ElArdid y #LaJoyaDeNefertiti

8 respuestas a “Pequeños detalles logran grandes experiencias”

Que te voy a decir, Lehna, que no te haya dicho ya.
Escribes tan dulce, tan bonito y, en este caso tan importante, tan sabiamente.
Nos enseñas tantas cosas en este relato que es imposible no caer rendidos ante tus palabras.
Soy consciente, ya sabes que me pasó, que estamos en tiempos de bullas, desórdenes y ansiedad. No nos paramos lo que deberíamos en ver las cosas desde los ojos de los demás. Solemos ser así de egoístas.
Unas veces por descuido y otras porque no queremos perder tiempo en ello.
Relatos como este nos abren los ojos de la mente y nos permiten conocer esos errores que cometemos en nuestros sitios.
Aunque ya te tengo fichada como asesora especial, con rango de generala, para que me dé sartenazos cuando se me olviden estas normas, gracias por no cejar en el empeño de hacernos mejores y, lo más importante, que no nos olvidemos de pensar en los demás.
Un besazo tan grande como tu enorme corazonsito.

Madre mía, Jose.
¡Qué cosas más bonitas me dices! Eres un sol, muchas gracias.
Soy yo quien os agradece vuestra disposición a haceros eco.
Sin vosotros habría muchos menos granitos de arena para marcar la diferencia.
Me alegra tantísimo que te gustase el relato.
Te mando muchos abrazos y axuxones.
😍😘

Me ha encantado y emocionado tú entrada. Me lo apunto todo e intentaré poner mi granito de arena para que la realidad sea mejor para todos. Gracias por la formación de inclusión.

Rebeca, me alegra muchísimo si has disfrutado de la historia y te agradezco de corazón tu disposición de aplicar las sugerencias.
¡Gracias por pasarte por aquí y comentarme lo que te ha parecido! Un abrazo grandote.

Gracias a ti, Pilar, por estar motivada y difundir. Me alegra muchísimo si te has emocionado y te ha gustado la entrada porque la he hecho con mucho cariño. Un abrazo súper fuerte.

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