CUIDADO CON LO QUE DESEAS

Periódico antiguo. la imagen del periódico se ve de color sepia.
Imagen de Christopher Bluma en pixabay.com

Candeleda, Ávila, 2020 d. C. Lunes.

Los niños salieron corriendo cuando el tío Manuel se despistó por estar mirando las dos buenas razones de su vecina. Concentrado en atisbar un poquitín más de aquel tentador escote, el hombre no se fijó que los niños habían desaparecido.


Julieta se agachó, llenándose de barro hasta las rodillas. Daniel, entre tanto, montaba guardia por si alguno de los señores que trabajaban en el hoyo volvían.

—¡Lo tengo! —gritó la niña, que echó a correr dejando a su primo atrás.

Jadeante y agobiado por el susto, Daniel se le acercó y le arrancó el objeto de la mano. Frotándolo contra sus pantalones cortos, le fue quitando el barro seco. Julieta se inclinó para verlo mejor.

—Cucha, Dani —dijo en un susurro—. Eso va en el cogote, ¿no?

El niño puso los ojos en blanco.

—¿Y yo que sé, Juli?

—¿Será de una bruja?

—Jope —se quejó—, ¿por qué haces tantas preguntas?

—¿No te da curiosidad saber de quién era?

El niño se lo pensó un momento y luego negó con la cabeza.

—Lo que tenemos que hacer —dijo bajando mucho la voz—, es ver si se lo podemos vender a algún tiristas de esos que vienen al pueblo. Así sacamos pasta y compramos dulces donde la Dolores.

—Es turistas, Dani… tu… ris…tas… —el chaval le sacó la lengua y la niña imitó el gesto. Luego se encogió de hombros poco convencida, pero prefería seguirle la corriente a su primo.

—Venga, va —soltó y le arrancó el objeto de la mano antes de echar a correr calle abajo.

Persiguiéndose un rato, los niños llegaron hasta la plaza. Justo en el banco se toparon con uno de los sobrinos del cura. El tipo era un ladronzuelo y todos lo sabían. Por eso siempre le huían. El joven se les quedó mirando un rato y luego alzó una ceja. Erguido en toda su estatura, se acercó a Julieta. La niña escondía el objeto con las manos en la espalda.

—¿qué tienes ahí?

—Nada.

—Será mejor que me des eso que escondes, si no quieres que te acuse con la policía.

—La policía no iba a creerte de nada —chilló el niño.

El joven lo empujó.

—Qué sabrás tú, mocoso.

—¡No lo empujes! —el joven se cernió sobre la niña y le arrancó el objeto. Daniel intentó quitárselo, pero el joven lo empujó con más fuerza y el niño cayó en el suelo. Sonriendo con malicia, el joven se burló de los niños. Estos armaron tal escándalo, que el sargento Suárez se acercó a ver qué ocurría.

—¿Qué es lo que pasa aquí?

—Nada, los niños… siempre armando un follón por todo.

El policía que ya conocía las mañas del sobrino del cura, se le acercó.

—¿Qué es eso que llevas en la mano, chaval?

—Un regalo —respondió intentando guardárselo en un bolsillo, pero por más que intentaba meterlo, no podía. El sargento, sospechando que había gato encerrado, le quitó el objeto.

—¿De dónde sacaste esto? —El joven miró a los niños, pero estos no dijeron nada.

El policía se fijó en el objeto. Era un medallón ensartado en una cadena de eslabones muy elaborados. A leguas se notaba que era un trabajo artesanal antiguo. Con lentitud dio la vuelta al medallón y casi se le cae de la mano cuando vio lo que había del otro lado:

En alto relieve se veía con claridad grabado el símbolo del caos: un trisquel cuyos espirales estaban interrumpidos por las líneas de un pentagrama invertido.

—¡Me cago en mis muertos! —El sargento hizo unas señas rarísimas varias veces. Con cuidado cogió aquella cosa por la cadena y la metió en una bolsa de las de evidencia que le habían sobrado de la última vez que había asistido a una escena de un crimen: el robo del cabrito de don Sebastián; y de eso ya habían pasado cinco años. De todas formas, eso no vencía, o eso creía.

—¿qué va a hacer con eso? —preguntó el chaval, mirando con decepción lo que, había creído, sería una buena entrada de pasta fácil.

—Voy a confiscar esta evidencia —dijo sellando la bolsa.

—¡Oiga, pero si aquí no ha habido crimen!

—¿Vas a cuestionar mi autoridad y mi conocimiento policial? Aquí ¿quién es el poli?, tú o yo.

El joven se puso pálido. Varias de las vecinas y otros curiosos se habían ido acercando hasta la plaza.

—Tranquilo… si yo solo preguntaba, pues.

—Da gracias a que no te llevo detenido porque ya se acabó mi turno —amenazó—, porque si no, te dejaba durmiendo esta noche en el calabozo.

—pero sargento Suárez…

—Sargento Suárez un cuerno de chocolate —espetó el hombre haciendo señas como si fuese un policía de tránsito—. Haced el favor de desalojar la escena del crimen. Hala, calabaza, calabaza, cada quien para su casa.

Los niños salieron disparados antes de que les fuese a caer una gorda mientras algunas señoras lo miraban con curiosidad.

—¿Oye, Pedrete y de dónde te has sacao esa frase?

—¡De dónde va a ser! —gritó la mujer de Pascual desde su ventana—. De la telenovela esa importada que siempre mira.

—Anda a ocuparte de pascual, Mina y deja de ser tan maruja, mujer —espetó el sargento con los mofletes encendidos como un par de tomates.

Guardándose la bolsa en el bolsillo interno de la cazadora, el sargento desanduvo sus pasos hasta que llegó a la comisaría de la policía local de Candeleda.

El comisario que, estaba a punto de cerrar su oficina, se le quedó mirando como si Pedro fuese un aparecido.

—¿Qué haces tú otra vez aquí? ¿No te ibas a ver el fútbol? —el sargento asintió con gesto adusto.

—Ha pasado algo, jefe.

El comisario, ante la actitud de su sargento, se devolvió y abrió la puerta de su despacho. Encendió la luz y rodeó su escritorio. Luego se sentó e hizo señas al sargento para que hiciese lo mismo.

—Pasa, hombre, pasa y dime ¿qué ha ocurrido? ¿es muy grave?

—Gravísimo.

—Joder —exclamó—, dime de una vez, ¿ha habido algún muerto? —El sargento negó con la cabeza.

—Mire —dijo sacándose la bolsa de evidencias de dentro de la cazadora—. Esto es terrible de verdad, jefe.

El comisario lo veía inquieto con aquella bolsa en las manos.

—Siéntate, Pedro —ordenó el comisario—. Deja la bolsa en mi escritorio y haz tu reporte.

El sargento asintió. Le sudaba la frente y estaba pálido. Dejó la bolsa y fue como si se quitase cien años de encima de un tirón. Sentado y más relajado, empezó a narrar los hechos. Cuando por fin terminó, el comisario estaba con la cara de un color difícil de descifrar. Pedro se incorporó de golpe y se le acercó.

—¿Comisario?

El hombre no respondía. Luego de asimilar la noticia y pensar que seguro el sargento le estaba jugando una mala pasada, aunque no fuese el día de los santos inocentes, se relajó. De forma descuidada sacó el medallón de la bolsa. El sargento iba a detenerlo, pero el comisario lo frenó en seco. Mirando el medallón con detalle, alzó una ceja, inquisitivo.

—Vamos a ver, Pedro —dijo haciéndole señas de que volviese a sentarse frente a él. ¿Y por esta chorrada es que tú andas así? Pero qué pasa, hombre, ¿eres gilipollas? Esto es una baratija que habrá robado el sobrino de Esteban por ahí a algún turista.

—No jefe, usted no entiende. Ese medallón, ese símbolo…

—si, sí… ya me dijiste lo del caos y toda esa tontería. —El comisario miró al sargento a los ojos—. Mira, yo te voy a demostrar que esto no es sino pura superstición tuya, que esto no hace nada de nada.

El sargento abrió los ojos como platos cuando vio al comisario frotar el medallón.

—En este lugar perdido… olvidado por esos dioses tuyos, bien vendría un poco de movimiento para matar el aburrimiento.

Pedro se desmayó del tiro. El comisario, pendiente de ayudar al sargento, soltó el medallón y este chocó contra el suelo. Luego rodó como si fuese una moneda y quedó fuera del alcance de la vista de cualquier ojo indiscreto.

El comisario le dio unos cachetones al sargento hasta que por fin volvió en sí.

—Venga, Pedro, vete a tu casa y deja las supersticiones para las brujas y las marujas del pueblo.

El sargento miró a su alrededor, pero no vio el medallón. De un salto se puso de pie y salió como alma que lleva el diablo. El comisario se encogió de hombros, apagó la luz y cerró la puerta de su despacho.

A partir de allí, cosas insólitas e inesperadas comenzaron a ocurrir en el pueblo.


Candeleda, Ávila, 2020 d. C. martes.

El comisario estaba a punto de salir de su casa con rumbo a la comisaría, cuando sonó el teléfono. Su mujer, acostumbrada a salir escopetada atendió en un periquete.

—Chema, te llama la señora de López. —El hombre alzó las cejas, sorprendido.

—¿Diga? —Su rostro cambió de forma drástica tras escuchar algunos minutos.

—¿Me puede repetir eso, por favor? —Siguiendo sus órdenes, Maricarmen puso el altavoz.

—Quiero poner una denuncia contra la funeraria… me han cremado a mi Rubén, me dieron una cajita con las cenizas, ¿te lo puedes creer? ¿Y ahora qué hago con todo lo del funeral y el sepelio? Esos granujas me ofrecieron disculpas y han pasado de mí, que porque ellos no son responsables de que el encargado no mirase el registro. ¿a mí qué? Yo pagué un pastizal porque lo acomodasen como él quería y me lo han churruscao como si fuera una parrillada. Quiero que me tomes la denuncia, ¿me escuchaste?

La mujer del comisario no daba crédito.

—Señora López, yo la entiendo y lamento su pérdida, pero eso no constituye un crimen que amerite una denuncia en la policía.

—¿Y entonces, ¿dónde tengo que interponer la denuncia?

—Por qué no intenta hablar con Antonio, quizá con el periódico tenga mejores resultados.

—Vale, pero que sepas que, si no me devuelven mi dinero, voy a hablar con el alcalde, eso no va a quedarse así.

—De acuerdo, señora López. Ahora, si no le importa, tengo que colgar porque me esperan en la comisaría.

—Vale, vale. Me saludas a la Mari, que es una monada de chiquilla.

—Gracias, yo se lo diré.

El hombre colgó y le extendió el teléfono a su mujer. Esta iba a decir algo, pero chema la interrumpió.

—No me digas nada, cariño —pidió—. Me voy al curro antes de que otra cosa absurda pase.

—Vale, cielo —dijo dándole un beso en los labios. —El comisario se lo devolvió, abrió la puerta y salió de su casa.


>
Una calle antes de llegar al ayuntamiento, el comisario se topó con un escándalo de proporciones épicas. Una grúa estaba estacionada cerca del bordillo y en la acera, una mujer enfurecida le gritaba a Pernalete, el nuevo agente que habían trasladado hace una semana desde Lugo. El joven parecía consternado. Una cantidad no despreciable de personas permanecían alrededor escuchando el escándalo. Chema se acercó con cautela.

—¡Si es que es un gilipollas! ¡Cateto! ¡subnormal!

—Perdone, señorita —interrumpió el comisario—. ¿qué ocurre aquí?

—Y usted ¿quién coño es, otro cateto de este pueblucho?

Pernalete abrió los ojos como platos.

—¡señorita! No puede usted faltar así a la autoridad —espetó el joven agente.

—¡Que no puedo, dice! ¡Qué no puedo! —La joven estaba iracunda y manoteaba en la cara del comisario como si fuese a cuadricularle el rostro—. Si es que sois de lo que no hay.

—Señorita, si se calma usted y me explica —invitó el comisario.

—¿Quiere que le explique? Pues yo le voy a explicar que este subnormal que usted ve aquí. —La mujer señalaba con el dedo a Pernalete—. Me ha puesto una multa por exceso de velocidad… ¿Exceso de velocidad!

El comisario miraba al agente de soslayo. El muchacho estaba más blanco que la harina de doña Loli.

—¿Iba usted a más de 120 kilómetros por hora?

La mujer chilló indignada.

—¡Como voy a ir a nada, si mi coche va subido en la puta grúa! ¡La maldita grúa! —espetó roja de la ira—. Este zopenco me ha multado a mí, porque según él, la grúa tiene matrícula andorrana y pues eso, no se le puede notificar la multa. ¿Será posible?

El comisario quería matar a Pernalete.

—Le ofrezco disculpas, señorita —dijo el comisario—. No se preocupe usted por la multa, ya el agente y yo nos encargaremos de resolver eso con el servicio de tráfico. —La mujer se relajó un poco.

—¿Usted es? —preguntó la mujer.

—Soy el comisario, señorita —dijo suspirando—. Este agente está recién llegado a la región.

—Pues menuda adquisición —masculló con desdén.

El joven agente permaneció en silencio.

—Pernalete —dijo sin mirarlo.

—Diga, comisario.

—Vaya a la comisaría y espéreme allí.

—Sí, señor. —El joven policía se dio la vuelta y salió disparado.

—Respecto de su multa…

—Mire, con que se ocupe y pueda yo irme de este lugar ahora mismo, me basta.

—Faltaba más, señorita —agregó el comisario.

La mujer miró al chofer de la grúa con una cara que hasta el señor Pascual se acojonó. Luego ayudada por el comisario, subió a su coche. La grúa arrancó.

Chema alzó los ojos al cielo un instante y luego retomó la compostura.

—Venga, se acabó el cotilleo. Ocupaos de vuestros asuntos. —Pascual miró a chema reprimiendo una risita y se marchó de vuelta a la panadería.

El comisario cruzó la calle y giró en la esquina a la izquierda. Ver la puerta de la comisaría le dio cierta sensación de normalidad. Aquel día estaba siendo una locura y apenas eran las diez de la mañana.

Al entrar, fina, la mujer del doctor y la todo en uno de la comisaría desde hacía veinte años le hizo una seña. Sorprendido por aquel gesto, se acercó.

—Hola, Fina. ¿Pasa alguna cosa? Te veo un poco… ofuscada.

La mujer carraspeó.

—Verá, comisario —dijo mirando a los lados—. Es que … —El teléfono volvió a sonar.

La mujer atendió y puso los ojos en blanco. El comisario alzó una ceja y se cruzó de brazos, expectante.

—Señorita… —pronunció la mujer marcando las sílabas—. Esta es la décima vez que se lo explico.

El comisario alzó las cejas ante el tono de la mujer.

—No, señorita… —Fina apoyó el codo en el escritorio y dejó su frente caer sobre su mano.

Al comisario le extrañó aquella reacción. La mujer de León, siempre había sido tan empática y solidaria. Picado por la curiosidad, decidió recostarse contra el escritorio. Fina alzó la cara. Era evidente que estaba hasta los ovarios de quien quiera que estuviese del otro lado. El comisario le hizo señas para que activase el altavoz. La mujer suspiró y pulsó el botón.

—Mire señora —dijo la voz femenina—. Ya le expliqué que cuando me escapé estaba yo muy desmejorada. Desde el 19 de agosto a la fecha tengo mejor semblante, no podéis dejar que la gente me vea con esas fachas, es inhumano.

El comisario no daba crédito. Pensando que la mujer del otro lado del teléfono estaba como una regadera, intervino.

—Le habla el comisario Sánchez de Candeleda. Sepa usted que jugar con el tiempo de la autoridad es una falta de respeto.

—¡Qué bueno que por fin lo encuentro, comisario! —dijo la voz femenina con entusiasmo—. Mire, llevo horas explicándole a la señora del teléfono, que necesito que cambiéis la foto de mi cartel de «Se busca». Es muy poco favorecedora. Tengo otra muy reciente en la que luzco mucho mejor…

—Mire, jovencita —interrumpió el comisario—. ¿Qué se ha creído usted que somos?

—Oiga, pero no se moleste, comisario —respondió la joven—. Si eso no lleva nada de tiempo, os puedo enviar una muestra por fax en un periquete.

Fina respiró profundo negando con la cabeza.

—¿Señorita, toma usted algún tratamiento psiquiátrico?

—La verdad es que no —admitió la joven—, pero ¿qué pasa? ¿Eso tiene algo que ver con que me fugase de la comisaría de Ávila? Que sepa usted que no tomo drogas ni bebo alcohol, yo soy una chavala muy sana.

El comisario perdió la paciencia.

—Mire, señorita. Estamos grabando esta conversación y aplicando métodos informáticos para establecer su localización —mintió—. Como vuelva usted a llamar con ese asunto, la policía de Ávila le tocará la puerta. ¿Lo ha entendido?

La llamada se cortó de improviso.

—Oiga jefe, es usted el puto amo —dijo Pernalete.

El policía había estado escuchando como el resto de la comisaría.

—Pernalete, hazte un favor y pírate a por la bollería —ordenó—. Y todos vosotros, poneos a trabajar.

La voz del comisario fue lo bastante elocuente. El agente salió escopetado y el resto de funcionarios buscó en qué ocuparse. Chema se dirigió a su despacho, abrió la puerta y cerró con un portazo. No se había sentado en su silla, cuando llegó un fax. Con un dolor de cabeza que comenzaba a resultarle molesto, se acercó al aparato y cogió la hoja. En la misma podía verse la foto de una chica bastante joven con un texto que decía:

«Podéis usar esta foto, por favor y gracias»

Furioso, estrujó la hoja hasta que la volvió una pelota y la tiró en la papelera.

Iba a sentarse luego de poner la cafetera, pero Suárez abrió la puerta.

—Comisario —dijo jadeante—. Tenemos un posible allanamiento de morada. El hombre puso los ojos en blanco.

—¿Qué puta mierda está pasando hoy?

El sargento pensó en recordarle lo que había dicho y hecho el día anterior, pero se contuvo. Con aquella furia que le brotaba por los ojos, prefirió guardar silencio.

Chema sacó su arma de reglamento del cajón de su escritorio y se ajustó la sobaquera.

—Venga, vamos a ocuparnos de este asunto a ver si podemos desayunar en paz.

El sargento lo vio salir dando grandes zancadas y lo siguió hasta la puerta de la comisaría.

—¿Quién hizo la llamada?

—Según Fina fueron los Martínez, porque su vecina les llamó para decirles que había oído ruidos raros en su piso y como los pisos son contiguos…

—Me cago en todos mis muertos y las vecinas cotilla —masculló el comisario.

Suárez sabía que con el comisario así de calentito, era mejor economizar palabras. Pensando que sería mejor encontrar aquel medallón maldito cuanto antes, el sargento le siguió los pasos a su compañero de cerca, solo por si alguna otra cosa pudiera ocurrirles durante el camino.

Entraron en el edificio. Desde la planta baja se escuchaban los gritos, las voces y unos ladridos furiosos. Ambos policías sacaron sus armas y cogieron hacia las escaleras. Subiendo con rapidez alcanzaron el segundo piso. La vecina permanecía con la puerta entreabierta, esperando a que llegasen. Cuando los vio, salió al rellano.

—Señora, por favor vuelva a su casa —ordenó el comisario.

La mujer asintió y entró, haciendo señas para que la siguiesen al interior de su vivienda. Los policías se miraron un momento. Un alboroto se escuchó dentro del piso contiguo. Cristales se rompían y golpes secos se escuchaban tras los ladridos de un perro que parecía furioso.

Pasaron al salón. La mujer los estaba esperando.

—A ver, señora —dijo el comisario—. Si quiere agregar algo, puede hacerlo luego. Ahora tenemos que ocuparnos del intruso.

—Es que es justo eso, comisario. Yo sé quien está dentro del piso de los Martínez.

Chema alzó una ceja mirando a Suárez y luego a la mujer. El sargento lo miró y negó con la cabeza.

—Bien, la escuchamos.

—Es el novio de la Conchi —respondió la mujer—. Es un buen chaval, pero le gusta probar cosas… ya usted sabe —dijo bajando la voz.

—No, señora… la verdad es que no sé —dijo el comisario con irritación—. Haga usted el favor de hablar sin rodeos.

La mujer se sorprendió por el tono tan áspero del policía. Suárez la observaba pidiéndole comprensión con la mirada.

—La señora se refiere a que es posible que el nota, esté drogui, comisario.

—Muy bien —murmuró—. Vamos a ver si logramos que se le pase el colocón.

El comisario salió con el arma en la mano, se acercó a la puerta y tocó con fuerza.

—¡Es la policía! —exclamó—. Abra la puerta ahora mismo.

La puerta se abrió y un perro diminuto salió disparado. Tras él, un tipo cuarentón salía dando tumbos. El comisario lo cogió con fuerza por la pechera y lo empujó contra la pared.

—¡Eh! ¿Qué coño haces, tío? ¿No ves que se quema?

El comisario respiró profundo. Su paciencia y la cuota máxima de tolerancia a los reventados de la cabeza estaba peligrosamente cerca del límite.

—A ver, según tú, ¿qué es lo que se quema?

El hombre intentaba mirarlo, pero sus ojos se veían vidriosos y con las pupilas dilatadas. En efecto aquel nota, estaba volando quién sabe dónde y con quien.

—¡Joder! ¿Es que acaso estás ciego y no ves el incendio?, macho —El hombre se removía inquieto—. ¡Que nos vamos a quemar con el puto perro!

—Ya los bomberos vienen para aquí, no te preocupes —mintió mientras le ponía las esposas.

—¿en serio?

—Sí, hijo, sí.

El hombre se relajó y se dejó hacer. Suárez cogió al perro y se lo dio a la vecina. Luego se encargó de gestionar el traslado a la comisaría. Con el supuesto allanador en la parte trasera de la patrulla, Suárez conducía en silencio.

—¿Y monolito? —Los policías se miraron sin comprender.

—¿Qué coño es eso? —preguntó el comisario.

—¡El perro, tío, ¿el perro!

—Lo tiene ahora mismo la vecina de al lado, no te preocupes por eso —aseguró Suárez.

El detenido se recostó contra el asiento. El comisario no le perdía de vista.

—¿Qué crees que se metió? —preguntó el comisario.

—Tiene toda la pinta de ser algo tipo LSD.

—Vaya día de mierda —espetó el comisario—. Me estoy muriendo de hambre.

—Somos dos.

—Dejemos al fulano este en una celda, ya se le pasará esa trona. Vamos a comer algo.

Suárez asintió. Mucho después de haber dejado al «flipao incendiario», como lo bautizaron los demás funcionarios de la comisaría, en el calabozo, Se fueron al bar de Paco. Al menos podrían tomarse una buena comida.


El bar de Paco estaba a tope. Medio pueblo se había juntado a celebrar el sesenta aniversario de bodas de los Giménez. Cervezas, vino, cubatas y demás bebidas espirituosas acompañaban el menú que, todo había que decirlo, tenía una pintaza fenomenal. A Suárez le rugieron las tripas y al comisario otro tanto más. Se habían sentado ya a una mesa algo apartada, cuando sonó el móvil del comisario. Miró la pantalla y se sorprendió al ver que era su mujer. Desbloqueó el móvil y atendió.

—Dime, cariño.

Pepi, la camarera dejaba dos botellines de agua mineral con gas. Paco sabía que al comisario no le gustaba beber nada de alcohol cuando estaba de servicio.

Suarez se llevó el vaso a la boca y ahí se quedó, tieso como una estatua cuando se fijó en la cara del comisario. La camarera ya se había ido a servir otra mesa, así que Pedro preguntó con confianza.

—¿Qué ocurre, comisario?

El hombre levantó un dedo para que Suárez le diese un momento. El sargento dejó el vaso sobre la mesa, atento. Ver al comisario respirando como una locomotora no le daba buena espina.

—Repite todo eso más despacio, Maricarmen.

Suárez vio al comisario mirando todo a su alrededor como si por algún motivo lo que veía fuese desconocido.

—Vale, enseguida vamos para allá.

El sargento puso cara de: «esto no me puede estar pasando a mí justo ahora», pero el comisario pasó de aquella expresión de cordero degollao.

—Levanta ese culo de ahí, nos vamos.

—Pero comisario…

—Tenemos un reporte de disputa doméstica. —Resignado, el sargento se puso de pie.

Paco, viendo que los policías se marchaban, se acercó con sigilo.

—Venga, no os podéis marchar sin haber comido… está ya todo a punto.

—Es una emergencia, Paco —dijo el comisario—. Tú mantén todo calentito, enseguida volvemos. —Paco vio al comisario con escepticismo—. Apúntate la comida en mi cuenta, ya luego te pago todo.

El hombre asintió, preocupado. El comisario solía ser un tipo carismático y afable, pero aquel día llevaba el ánimo más sombrío que un cadáver bajo tierra.

Con un gesto de disculpa en la mirada, el sargento vio a don Paco y salió tras el comisario.

Apretando el paso, le dio alcance en la esquina.

Chema lo vio de soslayo, pero no redujo la velocidad.

—Que sepas, Suárez, que me cago en todos tus dioses paganos.

El sargento se crispó y en su mente comenzó a rezar a todos los celtíberos que recordó en aquel instante, solo por si acaso. Lo peor que podía pasarles ese día es que alguno se cabrease con él o el comisario. Ya bastante tenían con haber lanzado aquel deseo al propio caos.

Suárez se sorprendió cuando vio hacia dónde se dirigían. El comisario entró sin decirle nada al portero y pulsó el botón del ascensor. Cuando las puertas se abrieron, entró tras el comisario. Se mantuvo en silencio hasta que llegaron a la planta donde vivía el mismísimo Chema Sánchez. El sargento alzó las cejas al escuchar aquel alboroto.

Cristales rotos, gritos, golpes contra las paredes. Chillidos desesperados y maldiciones, se escuchaban tras la puerta del 7-C.

Los vecinos se asomaron entreabriendo la puerta. Maricarmen, la mujer del comisario se asomó. Al verlo ahí en el rellano, se relajó y conociendo a su marido, cerró la puerta.

Chema golpeó la puerta de los vecinos con fuerza.

—Isabela, Enrique, abrid la puerta, soy chema.

Los chillidos aumentaron de intensidad. Cansado y con poca paciencia para más pollos absurdos, le quitó el seguro a su pistola, apuntó a la cerradura y disparó. El disparo sonó tan fuerte, que la mujer del comisario abrió la puerta y salió despavorida; como pudo, frenó en seco al verlo con cara de pocos amigos, parado frente a la puerta de sus vecinos.

Conociendo el temperamento de su marido, la mujer regresó a su vivienda sin decir una palabra y cerró la puerta.

—Prepárate para entrar, Suárez.

El sargento asintió, tragó grueso y le quitó el seguro a su pistola. El comisario levantó la pierna derecha y dio una patada a la puerta. Un sartén salió volando y lo esquivaron por los pelos.

—¡Policía! —gritó el comisario.

Gritos y golpes se escucharon en la cocina. Ambos policías se dirigieron allí a toda prisa.

Suárez frenó en seco y chocó contra la espalda del comisario que estaba temblando de la ira.

—¡Morirás, hija de puta!¡guarra! ¡Verás lo que le pasa a las que se meten conmigo, asquerosa!

El sargento no daba crédito a lo que estaba viendo. Bajó el arma luego de ponerle el seguro. Ahí, frente a sus narices, Un tío de metro noventa y tantos y más de ciento veinte kilos, vestido apenas con un albornoz del hombre araña y con unas pantuflas acolchadas con una cabeza de dragón en cada puntera, sostenía un bote de insecticida como si fuese un arma mortal contra algún enemigo imaginario.

—Enrique… —dijo el comisario bajando su pistola.

El hombre se giró con brusquedad con el bote en alto y pulsó el dispensador. Suárez se agachó, pero el comisario no reaccionó con suficiente agilidad y el insecticida le cayó por todas partes. El gigante se quedó tan perplejo, que soltó el bote y salió corriendo a asistirlo.

—¡Por la virgen de chilla, chema!

El sargento se interpuso un instante para intentar calmar al hombre que, con los ojos desorbitados, le rociaba agua al comisario con su regadera de plantas. El comisario, desorientado e intoxicado casi se cae al suelo, de no ser por el sargento que lo cogió y logró que se sentara en un pequeño banco que había en la cocina.

—Deje que me ocupe yo del comisario, caballero. Haga el favor de llamar al doctor león, él sabrá qué hay que hacer.

Angustiado, el hombre cogió el teléfono de la cocina y comenzó a marcar.

Mareado y tosiendo, el comisario se fijó en la araña que se aproximaba hacia ellos. Sin poder articular algo que fuera coherente, el policía intentaba señalarle al sargento la presencia de la araña, pero este estaba tan preocupado por su salud, que terminó pisándola.

El sonido dejó a los tres hombres, paralizados. Tras colgar el teléfono, el hombretón se fijó en la bota del sargento y sonrió con alivio y satisfacción.

—¡Espero que te hayas ido al infierno de las arañas rastreras, asquerosa!

El comisario puso los ojos en blanco y recostó la cabeza contra la pared.

—El doctor león ya viene para acá, no hay de qué preocuparse —dijo enrique.

Suárez lo vio intentando servirse un vaso de agua en un tazón de café, ya que no había quedado un solo vaso de cristal en los gabinetes. Sabiendo que el comisario estaba fuera de combate de forma temporal, el sargento decidió tomarle la declaración al hombre que, como si no hubiera ocurrido nada en aquel piso, se sentó a charlar alegremente, contando su batalla campal y heroica contra la intrusa que habitaba en su vivienda desde la noche anterior.

—Verá usted, señor sargento… —Enrique gesticulaba para explicarse mejor—. Mi mujer no tolera a los insectos y yo, no podía permitir que esa rastrera asquerosa volviese a joderme otro polvo, usted me entiende, ¿verdad?

Suárez dio gracias a los dioses de que el comisario estaba fuera de combate o, de seguro, se llevaba a su vecino directito al calabozo y no solo iba a joderle un polvo al pobre hombre.

El médico llegó y siguiendo el eco de las voces, entró en la cocina. Con la discreción que lo caracterizaba se ocupó del comisario sin hacer preguntas. Luego de aclarar el malentendido, entre los tres lo llevaron a su casa.

—Por fortuna solo ha sido una reacción alérgica. Era de esos insecticidas que no son tóxicos para las personas. Se pondrá bien —explicó el doctor.

Maricarmen asintió, más relajada. Tan atenta como siempre, acompañó a los hombres hasta la puerta.

—¿Suárez? —preguntó el comisario.

—¿Sí? Aquí estoy, dígame, jefe.

—Encuentra como sea la mierda esa que le quitaste al sobrino del cura y deshazte de ella. —El sargento se quedó mudo de la impresión— ¿Me escuchaste?

—Claro, jefe, delo por hecho.

—Bien, ahora lárgate y dile a fina… —El comisario se quedó en blanco—, nada, no le digas nada que León es su marido y ya le contará cuando se vean en su casa. Quedas a cargo hasta pasado mañana. Y no quiero excusas, deshazte de la mierda que te dije.

—Sí, señor.

El sargento salió de casa del comisario, decidido a cumplir con sus órdenes. Era eso, o que en algún momento terminasen en quien sabe dónde gracias a aquel puto caos.


Esa misma noche, el sargento se encontraba junto a Fina de León, en el despacho del comisario. Ataviado con guantes de goma, mascarilla y gafas protectoras, Suárez daba indicaciones a la mujer del médico para que, ayudada con su escoba, encontrasen el objeto maldito que había puesto al pueblo de cabeza.

—Joder, ¿cómo coño llegó eso hasta ahí abajo? —La mujer se inclinó para arrastrar el medallón con los pelos de la escoba.

—El caos tiene sus mañas —respondió el sargento.

Fina puso los ojos en blanco y se arrodilló con la intención de coger el medallón.

—¡Alto ahí! —Fina dio un respingo y se golpeó la cabeza con el tope del escritorio.

—Me cago en todos tus ancestros, Pedro —chilló fina—. Menudo susto que me acabas de pegar, cabrón.

—No toques esa cosa, mujer. Está maldita.

—Venga ya, macho. Si solo es una cadena con un medallón —resopló exasperada—. Por las chanclas de la Magdalena, para ya.

El sargento hacía aspavientos para alejarla del medallón.

—¡Quita! —exclamó Pedro, golpeándole la mano y cogiendo el objeto con dos dedos como si fuese radioactivo.

—¿Ahora qué?

El sargento metió el medallón en una bolsa de evidencias y la selló. Con cuidado ayudó a la mujer a levantarse y entre ambos, ordenaron el despacho del comisario.

—Ahora, tal como me lo ordenó el jefe, voy a deshacerme de esta mierda.

La mujer se encogió de hombros y salió del despacho.

Suárez iba a salir tal cual, pero se lo pensó mejor. Dejó todos sus implementos de seguridad en su casillero y luego volvió a por el objeto. Cogiéndolo como si fuese el portador de un virus letal, salió de la comisaría. Tras meditar qué hacer con aquella cosa, el sargento tomó rumbo hacia la herrería de jacinto. Después de hablar con el hombre un buen rato, le pidió que fundiese aquella joya. Sorprendido, el herrero accedió y fundió el medallón con todo y cadena.

Suárez salió de la herrería silbando con las manos en la cazadora.


En su casa, el comisario compartía con su mujer los sucesos del día. No solía llevarse el trabajo a casa, pero aquel martes había sido demasiado inusual como para no hacerlo.

—Entonces, según Suárez todo esto es culpa del medallón, ¿no? —Chema asintió.

Su mujer permaneció callada un rato, pensativa.

—¿No vas a decirme nada?

Maricarmen lo miró un instante antes de ponerse de pie.

—Lo único que puedo decirte, cariño, es que la próxima vez, tengas más cuidado con lo que deseas.

El comisario se la quedó mirando, incrédulo.

—¿Eso y más nada? —Su mujer asintió.

—Duérmete ya, Chema. A ver si por seguir comiéndote la cabeza con ese tema, terminas por atar al caos a este pueblo.

Acojonado por la posibilidad de enfrentar otro día igual de caótico, el comisario desterró todo de su mente y se durmió.


Este relato ha sido escrito para participar en el Va de reto marzo 2020, propuesto por Jose A. Sánchez.

Elementos a utilizar en el desafío:

  1. Una de las noticias propuestas
  2. De las seis, solo he dejado una por fuera

Por Lehna Valduciel

Amante de los libros, aprendiz de la vida. La escritura es mi motivación, el buen café mi pequeña debilidad. Escribo historias y cuento sentimientos. Vivo la vida a vuelaplumas y adoro los detalles que despiertan mi curiosidad. Escritora, bruja adorable y devoralibros.

4 comentarios

  1. Genial, Lehna. Has sido capaz de incluir casi todas las noticias en tu relato.
    Una historia muy loca y divertida que puede poner patas arriba a cualquier pueblo.
    Felicidades por tu imaginación y creatividad y muchas gracias por tu participación en el VadeReto.
    Ashushones y besos.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: